Por: Ernesto Sierra
De mis años de bibliotecario guardo muchas anécdotas
insólitas y una de ellas la causó Leonardo Padura o, mejor dicho, sus libros.
Una mañana de 1995 0 1996, no puedo precisar bien, un colega vino a verme preocupado por el estado físico
de los únicos ejemplares que teníamos de Vientos de cuaresma y Máscaras. Los
libros apenas tenían un año o dos de publicados pero, más allá de la calidad de
la impresión estaban desojados, con las cubiertas descoloridas, doblados, eran
un pequeño desastre. La causa de aquel
prematuro envejecimiento era el uso constante de los libros. Los usuarios los
pedían constantemente y había cola para leerlos. Ahí supe que estas novelas de
Padura habían desplazado en la popularidad de los lectores a La última noche
que pasé contigo, de Mayra Montero.
Después de orientar una rápida e inusitada restauración para
libros tan jóvenes, me puse en la cola de lectores y así me adentré en las
peripecias de Mario Conde y sus tramas policiales sazonadas con una mirada
crítica al entormo social cubano de los años 90. Fue una lectura conciliadora
con la literatura policial del patio, la cual casi había recibido su acta de
defunción apenas unos años antes cuando en un congreso de escritores
policiales, alguien dijo que no podía haber novela policiaca en un país en el
cual no podías montarte en un taxi y decirle al chofer: -¡Rápido, siga a ese
coche! Había leído los ensayos de Padura, su periodismo y ahora estas novelas
me reconciliaban con un género de mis preferencias pero que había caido en
franca bancarrota en nuestra literatura. Y, por demás, traían el atractivo
añadido de utilizar lo policial como nervio central concatenado con otras
maneras discursivas y, así, lo policial, el realismo literario, lo
perirodístico, se unieron en textos que generaron esa sorprendente popularidad
que menciono. Desde entonces, como tantos, no he dejado de leer los libros de
Padura, cada vez más versátiles más sorprendentes, más literarios.
Quiso el azar que, a las lecturas y simpatías por su obra,
nos conociéramos hace ya algunos años y desde entonces hemos mantenido una
cordial relación signada por la simpatía y el respeto. Esta circunstancia nos
ha deparado las sorpresas de intentar hilvanar una conversación en la esquina
de la UNEAC, hasta charlar durante horas con el estelar industrialista Lázaro
Vargas., sobre esa otra gran pasión de Padura: la pelota.
Ayer el Instituto Cubano del Libro anunció que le fue
otorgado a Leonardo Padura el Premio Nacional de Literatura 2012, por un jurado
presidido por Reynaldo González. El premio será entregado en la venidera Feria
Internacional del Libro de la Habana, 2013.
En el calor de la noticia me apresuré a saber las
impresiones del premiado.
Entrevista a Leonardo Padura
Por Ernesto Sierra
E.S:¿Cómo recibiste la noticia?
-Trabajando. Como he estado en los últimos 32 años, desde
que me gradué de la Universidad. Sabes que soy un trabajador obsesivo y este ha
sido un premio al trabajo. Por eso lo recibo con orgullo, como reconocimiento
de las instituciones culturales y un grupo de escritores a un trabajo. Y como
estaba trabajando, me sorprendió la llamada de Reynaldo González, el presidente
del jurado, para decirme que yo era el
elegido del 2012. Por supuesto, de la sorpresa pasé a la felicidad y, como no
podía dejar de ser, a la primera persona a quien se lo dije fue a Lucía, mi
mujer, que es parte importante de este premio, y luego a mis padres, que
todavía están acá, con sus 80 y pico a cuestas, y que son la otra parte
importante de todo lo que he sido y he querido ser, pues si no me pudieron dar
un apoyo cultural, sí me dieron algo muy importante: confianza. Nunca me
obligaron a hacer nada, solo confiaron en mí… incluso si no iba a la escuela
para quedarme jugando pelota por los terrenitos de Mantilla, hace 50 años.
E.S: -Hace apenas unos días afirmabas en la “Semana de
Autor” que te dedicó la Casa de las Américas que aceptabas con orgullo la
invitación de la Casa a ese reconocimiento a tu obra pero que a la vez no
podías deja r de recordar que un año atrás, cuando la Maison de América Latina
de París, el Pen Club Francés y la sociedad de amigos de Roger Caillois te
entregaron el premio que lleva el nombre de ese importante escritor, ningún
medio oficial nacional se acercó a ti o promovió, como se promueven otros acontecimientos
o acciones, un suceso que te desbordaba como escritor y entrañaba, como es
evidente, un reconocimiento para la literatura cubana, sobre todo la que se
hace en Cuba por los escritores que vivimos en Cuba. ¿Sorprendido con este
premio a solo una semana de aquellas palabras que llamaban la atención sobre
una zona de silencio en torno a tu obra dentro de Cuba?
L:P: - Sí y no. Creo que alrededor de mi trabajo y de mi
persona ciertas instancias de decisión y de los medios han querido tender un manto
de silencio, como respuesta a la postura que he sostenido por años en mi
trabajo como escritor y como periodista, y a mi actitud como ciudadano. Muchos
consideran que soy excesivamente crítico –y cosas peores, algunas de las cuales
he leído hace muy poco. Lo curioso es que muchas de las personas que al frente
de determinadas instancias de decisión han pesando y actuado así, hoy no están
ahí (están en otros lugares, laborales, geográficos, mentales), pero yo sigo
aquí, haciendo lo mismo, con un sentido de riesgo, a veces hasta recibiendo
ataques, pero con la misma postura ética que se fundamenta en decir lo que creo
que se debe decir, independientemente de que sea o no oportuno, solo convencido
de que es necesario. Y si mi trabajo, o los resultados de mi trabajo, no han
tenido la proyección que otros menos significativos pero políticamente
“correctos” suelen tener, cuento a mi favor con algo que es mucho más
importante: la respuesta de los cubanos para los que escribo y desde cuyas
preocupaciones, frustraciones, alegrías, formas de pensar, yo escribo. ¿Y sabes
qué? Ahora más que nunca me siento comprometido a seguir con el martillo en la
mano, para, como me dijo un colega y amigo al felicitarme por el premio, “poner
en evidencia que golpear cada día el yunque saca chispas en el metal más duro”.
Porque yo soy un escritor, vivo en Cuba y escribo en Cuba por una decisión
personal y cultural, y mi compromiso no es con lo que piensen o crean
determinadas personas, sino con mi país, que es más grande que todos nosotros.
Y si estoy o estuviera equivocado, bueno, pues también es mi derecho a
equivocarme, pues lo que me hubiera podido llevar al error es mi fe y mis
ideas. Otros que deciden más que yo se han equivocado más veces, en cosas más
trascendentes... Pero, en cualquier caso, siempre es lamentable ver cómo
ciertas mezquindades y miedos funcionan en nuestra sociedad y hasta deciden qué
es lo bueno, lo regular y lo que no es conveniente… y a veces yo caigo en la
categoría de lo “inconveniente”.
E.S: -¿Qué significa para tu oficio de escritor este premio
con el que ha sido distinguida una nómina de escritoras y escritores que
ostentan una obra tan reconocida como disímil entre si y tan diferente de la
tuya en algunos casos?
L.P: -Para mí, en lo particular, es un compromiso con la
cultura cubana, la que fundó Heredia hace 200 años y que tanto ha significado
para la vida de este país tan chiquito y tan desproporcionado por su tremenda
capacidad de crear una cultura artística que es más grande que su geografía.
Ser un escritor cubano es un reto. Ser un escritor cubano en el siglo XXI, es
un doble reto. Porque muchas veces hay que escribir contracorriente (o sin
corriente, como nos pasó en los años 1990), porque no se acaba de separar lo
político de lo artístico, lo pasajero de lo permanente, las ideas sociales de
las personas individuales, la geografía de la pertenencia. Significa, también,
un compromiso con mi trabajo, un nuevo convencimiento de que si en un momento
se me ocurre la peregrina idea de pensar que he llegado (a dónde sea), en mi
próximo libro proponerme llegar un poco más lejos, siempre retarme, siempre
complicarme la existencia. Y en otro plano, el de mi generación de escritores,
sobre todo los narradores, creo que significa la demostración de que teníamos la
razón cuando nos propusimos cambiarle la mala cara a la literatura cubana que
nos encontramos en 1980, y entre todos, comenzamos a golpear el yunque… Por eso
creo que mi trabajo no hubiera sido posible sin el de los colegas y amigos que
me han acompañado en ese empeño por 30 años: Arturo, Abilio, Senel, Luis
Manuel, Abel, Mejides, Daína, Reynaldo Montero, Lichi, Sacha, Jorge Luis
Hernández y poetas como Reina, Ramoncito, Alex Fleites, Lorente… y paro de
hacer la lista porque serían muchos los que deberían estar y muchos los que se
me podrían olvidar en este momento preciso: en fin, todos esos que saben que
deben estar ahí, pues han estado conmigo.
Por último, creo que este premio ratifica algo muy
importante para mí: y es que si un día me propuse utilizar los recursos de los
“géneros” (la novela policial, la novela histórica), que para algunos eran y
son formas “menores” de la literatura, me ratifica, te decía, que con esos
instrumentos se podía hacer literatura si uno entraba en ellos con esa
pretensión: hacer literatura. Creo que el hecho de que mis novelas “policiales”
hayan ganado muchos premios de literatura “seria”, que haya sido publicada
fuera de Cuba y en Cuba por editoriales y colecciones que habitualmente no
publican novelas “policiales”, que los críticos y estudiosos se hayan detenido
en ellas y que los lectores se interesen más en el cómo o el por qué que en el
quién (un asesino), requetecontrarratifica que es posible hacer literatura
desde los géneros y, chico, hasta ganar un premio nacional de literatura con
esas novelas.
Sobre el autor:
Leonardo Padura Fuentes (La Habana, 1955) es un novelista y
periodista cubano, conocido especialmente por sus novelas policiacas del
detective Mario Conde. El Gobierno de España concedió en 2011 la ciudadanía de
ese país a Padura, quien sigue viviendo en Cuba.
Nacido en el barrio de Mantilla, hizo sus estudios
preuniversitarios en el de La Víbora, de donde es su esposa Lucía;
naturalmente, estas zonas de La Habana, muy ligadas espiritualmente a Padura,
se verán reflejadas más tarde en sus novelas. Padura estudió Literatura
Latinoamericana en la Universidad de la Habana y comenzó su carrera como
periodista en 1980 en la revista literaria El Caimán Barbudo; también escribía
para el periódico Juventud Rebelde. Más tarde se dio a conocer como ensayista y
escritor de guiones audiovisuales y novelista.
Su primera novela —Fiebre de caballos—, básicamente una
historia de amor, la escribió entre 1983 y 1984. Pasó los 6 años siguientes
escribiendo largos reportajes sobre hechos culturales e históricos, que, como
él mismo relata, le permitían tratar esos temas literariamente. En aquel tiempo empezó a escribir su primera
novela con el detective Mario Conde y, mientras lo hacía, se dio cuenta
"que esos años que había trabajado como periodista, habían sido
fundamentales" en su "desarrollo como escritor". "Primero,
porque me habían dado una experiencia y una vivencia que no tenía, y segundo,
porque estilísticamente yo había cambiado absolutamente con respecto a mi
primera novela", explica Padura en una entrevista a Havana-Cultura.
Las policiacas de Padura tienen también elementos de crítica
a la sociedad cubana. Al respecto, el escritor ha dicho: "Aprendí de
Hammett, Chandler, Vázquez Montalbán y Sciascia que es posible una novela
policial que tenga una relación real con el ambiente del país, que denuncie o
toque realidades concretas y no sólo imaginarias".
Su personaje Conde —desordenado, frecuentemente borracho,
descontento y desencantado, "que arrastra una melancolía", según el
mismo Padura— es un policía que hubiera querido ser escritor y que siente
solidaridad por los escritores, locos y borrachos. Las novelas con este
teniente han tenido gran éxito internacional, han sido traducidas a varios
idiomas y han obtenido prestigiosos premios. Conde, señala el escritor en la
citada entrevista, refleja las "vicisitudes materiales y
espirituales" que ha tenido que vivir su generación. "No es que sea
mi alter ego, pero sí ha sido la manera que yo he tenido de interpretar y
reflejar la realidad cubana", confiesa.
Conde, en realidad, "no podía ni quería ser
policía"4 y en Paisaje de otoño (1998) deja la institución —como el mismo
Padura dejó tres años antes su puesto de jefe de redacción de la Gaceta de
Cuba, la revista de la Unión de Escritores, para consagrarse a la escritura— y
cuando reaparece en Adiós Hemingway (2001) está ya dedicado a la compraventa de
libros viejos.
Tiene también novelas en las que no figura Conde, como El
hombre que amaba a los perros (2009), donde las críticas a la sociedad cubana
alcanza sus cotas más altas.
Padura ha escrito también guiones cinematográficos, tanto
para documentales como para películas de argumento.
Vive en el barrio de Mantilla, el mismo en el que nació. Al
preguntarle por qué no puede dejar La Habana, el ambiente de su historia, ha
dicho: “Soy una persona conversadora. La Habana es un lugar donde se puede
siempre tener una conversación con un extranjero en una parada de guaguas”.
Para más información sobre el autor, visite: http://es.wikipedia.org/wiki/Leonardo_Padura





