lunes, 15 de noviembre de 2010

COLOQUIO INTERNACIONAL SOBRE JOSÉ LEZAMA LIMA




Poeta y ensayista cubano José Lezama Lima y su hermana Eloísa


El Coloquio Internacional Centenario de José Lezama Lima, se inauguró el pasado 1 de Noviembre en el Instituto de Literatura y Lingüística, de la capital cubana, con el descubrimiento de una tarja conmemorativa sobre la presencia del escritor cubano en ese centro. Con motivo de este coloquio internacional, desde Tuyomasyo hemos elegido tres textos, leídos por distintos autores en dicho evento. Y ello ha sido posible gracias a la colaboración de Ernesto Sierra, quien nos ha cedido este material para que podamos compartirlo con todos ustedes.


No he oficiado nunca en los altares del odio

Palabras de Virgilio López Lemus en la peregrinación a la tumba de Lezama, el 4 de noviembre.



Los españoles Gema Areta, Matías Barchino, los cubanos Enrique Saínz, Ernesto Sierra y Virgilio López Lemus


El 4 de noviembre de 1910, Rosa Lima de Lezama andaba por su octavo mes de gestación. Seguramente sus familiares y amigos lucubraban con alegría sobre el sexo del que iba a nacer, bella incógnita que por entonces solo se develaría en el acto del nacimiento.

El que iba a nacer había sido escoltado por el Cometa Halley, y en el vientre materno debe de haber recibido la noticia de la coronación en el Centro Gallego de La Habana del poeta andaluz Salvador Rueda. Seguramente que mientras flotaba en el líquido amniótico, el Destino, o el Ángel de la Jiribilla, o ambos, prefigurarían toda su existencia, le reservaban un tratado en versos sobre Narciso, sonreirían con el potens lírico del Paradiso y le tocarían con la varita mágica de la inmortalidad.

Hoy, cien años después, nos reunimos ante su sencillo sepulcro un grupo de admiradores, devotos, estudiosos y lectores gozosos de la vasta obra que José Lezama Lima nos legó como un regalo barroco. Aquí, bajo mármoles que también el medio ambiente corroe, reposan los restos de uno de los más brillantes hombres que la nación cubana haya legado a nuestra especie. El que iba a nacer se convirtió en un príncipe de las letras, en un maestro que nos da lección incluso desde la humildad de su sepultura.

Lezama nos decía que a la especie humana solo le es dado dejar como memoria un trazado con la uña sobre una roca. Somos nubes que pasan sobre el mármol, aliento efímero, Nada iluminada. Pero pocas veces Cuba se ha elevado tanto en la figura de uno de sus hijos.

Menos efímeras que las flores que hoy dejamos sobre esta tumba irradiante, colocamos también una roca de mármol labrado, obra del arte y la buena voluntad del escultor Guillermo Estrada Viera, quien cumple con la belleza de dejar bien en claro que aquí yace José Lezama Lima, orgullo de la nación cubana y de la lengua española. Agradecemos a Guillermo la dedicación y el amor que puso en trabajar para el homenaje a Lezama. Y agradecemos también al Instituto de Literatura y Lingüística y a la lezamiana Casa Museo, por este instante de humilde recogimiento.

El maestro que decía en versos “Sóplame, / conviérteme en una hoja”, se recuerda por medio de una frase suya plena de vida: “ …nacer aquí es una fiesta innombrable”, y desde ahora por otra meditación llena de resonancias, casi resumen de su propia existencia: “No he oficiado nunca en los altares del odio, he creído siempre que Dios, lo bello y el amanecer pueden unir a los hombres. Por eso trabajé en mi patria, por eso hice poesía”.

Quién sabe si este 4 de noviembre de 2010 le está naciendo a Cuba otro grandísimo poeta, pues esta es tierra enaltecida por la poesía. Cien años después del nacimiento de José Lezama Lima, proclamamos que hemos vivido en la “era Lezama”, que es también la de la Revolución Cubana. Al depositar una flor sobre este sepulcro, pidamos que el apasionado Ángel de la Jiribilla nos bendiga, que no nos permita oficiar jamás en los altares del odio, y que Dios, lo bello, el amanecer y Lezama siempre nos unan.


Lezama el conversador

El miércoles 3 de noviembre, el ensayista Enrique Saínz leyó esta evocación de Lezama en el coloquio internacional “A partir de la poesía: la era Lezama”.



Enrique Saínz habla sobre Lezama


Lezama despierta innumerables recuerdos en quienes lo conocimos. De las muchas posibilidades de evocación de su persona yo quiero escoger la del conversador, hombre siempre abierto al diálogo, como era de esperar en alguien que poseía en grado supremo el don de la palabra y de la fabulación. Ya fuese en la oficina en cuya entrada fue develada el lunes pasado la tarja conmemorativa para recordar que nuestro poeta mayor había trabajado acá en este Instituto de Literatura y Lingüística, ya fuese en su casa, donde tuve el privilegio de disfrutar de su cálida amistad o, para ser exactos, de su cálida y cordial acogida, pues la amistad es otra cosa más honda y extraña que no sé en verdad si llegó a expresarse entre nosotros, en especial por la diferencia de edades y sus ya múltiples experiencias, unas gratificantes y otras muchas decepcionantes.

Sí es indudable que cuando me sentaba frente a él, sobre todo en su casa, ajenos ambos a los apremios del trabajo y a las indiscretas miradas de los jefes o de algún indeseable que nos recriminaría que conversáramos en horario de trabajo, se abría todo un universo de temas y de gestualidades entre silenciosas y dinámicas. Bastaba una pregunta acerca de un libro o de un autor para que se desatara la más increíble sucesión de juicios y matizaciones que sobre el tema pudiesen exponerse. Esos temas iban desde el mundo subterráneo en la cultura griega hasta deliciosos comentarios acerca de la vida y milagros de un conocido del mundo de la cultura cubana, pasando por La Divina Comedia, Rilke y el pensamiento del siglo XVIII europeo, la concepción egipcia de la muerte o algún texto relevante de la poesía hispanoamericana.

Yo llegaba ávido de escucharlo disertar sobre todo aquello, de ahí que fuese incapaz de emitir ni el más leve juicio para complementar nada de lo que me decía, en primer lugar porque casi nada sabía yo de aquello, pero también para no romper el hechizo de aquella palabra pausada y sabia, con la que podía yo entrar en un conocimiento que tanto necesitaba para explicarme mi propia vida.

Con los años fui percatándome de que lo que Lezama veía en un autor no era lo más citado por los estudiosos, aunque algún que otro ensayista o crítico había tocado esa problemática en el autor en algún trabajo semioculto que obviamente mi interlocutor había leído. No era la suya una erudición vacía, ni siquiera podía calificarse de erudición ese derroche de datos y precisiones en torno a una obra o una concepción del mundo. Cuando hablaba de la cultura china clásica, por ejemplo, yo me quedaba absorto escuchándolo porque pensaba que sabía una enormidad de ese tema, pero no me había dado cuenta de que no era tanto lo que sabía como lo que era capaz de ver y de desentrañar de esa cultura.

Hoy sé que aprendemos más acerca del pensamiento del propio Lezama que de la dinastía Tang o del período de los filósofos presocráticos cuando me hablaba de la riqueza espiritual de esas etapas. Entonces crecía en mí el deseo ferviente de saber tanto como él; hoy, en cambio, crece en mí el deseo igualmente intenso de conocer su poética precisamente porque me mantiene siempre en una dimensión superior, de una estatura que no desciende nunca de las más altas regiones de la vida espiritual. Desde acá no podía Lezama conocer el período Tang de la cultura china en una profundidad que sólo los sinólogos pueden conocer, pero sí era capaz de extraer de ella lo que podríamos llamar la fábula de la Historia, esa concatenación de hechos literalmente magistrales que nos van revelando una posible filosofía del suceder en busca de un sentido profundo, redentor, hasta llegar a la última de las eras imaginarias: la resurrección, idea en la que radica, creo, el trascendentalismo lezamiano, en esa promesa cristiana de volver a la vida con un cuerpo glorificado, superadas todas las contingencias de algo tan horrible como la Historia, suma de infamias interminables que al fin hallarán su muerte en la Nueva Tierra.

Al principio la conversación era de una cotidianidad refinada, diríamos, el diario vivir, la vecinería, la familia; poco después de esas cortesías me preguntaba si conocía tal o más cual libro que desde luego yo no había leído nunca, pregunta que estoy seguro no tenía otra intención que la de decirme mucho de lo que tenía en mente en esos momentos acerca de sus virtudes, pues lo estaba leyendo en esos instantes o lo había recordado por algún trabajo que estuviese haciendo en esos días. Lo obsesionaban algunos tópicos en especial, ya se tratase, digamos, de una novela como Le grand Maulnes o del romanticismo alemán o los viajes de Goethe por Italia. De esas experiencias extraía algo inusual y hablaba de ello de manera inigualable por las asociaciones que era capaz de hacer mientras avanzaba en la exposición de sus consideraciones. Desde entonces yo he ido a esos temas con el recuerdo de esas clases extraordinarias y en busca de aquella belleza extraña y de aquellas posibilidades de intelección que Lezama me transmitió, fruto mayor de nuestros encuentros.

Todo ello estaba maravillosamente matizado con un humor muy criollo, de una picardía que quitaba toda solemnidad a sus palabras, sin que por ello perdieran su enorme riqueza y hondura. Su diálogo era llano, sin barroquismo, aunque su conceptualización no podía diferir de la que vemos en sus ensayos y poemas, pues eran precisiones que no se podían decir de otra manera. Sus conversaciones eran como las que vemos en Paradiso y Oppiano Licario.

En algunos momentos hablaba como escribía, pero en otros muchos no, mezcla de claridad y oscuridad que tanto agradecíamos sus interlocutores. Venía entonces el te y la conversación volvía de nuevo a la cotidianidad para poco después retornar a la sabiduría diáfana de aquellas lecturas tan disímiles en cantidad y variedad. De pronto aparecía un libro del que probablemente nadie más podía hablar en Cuba o entraba en la obra de un pintor cuyos cuadros no había visto en los originales, pero sobre el cual disertaba mejor que tantos videntes de saber trillado o vacío.

De esos encuentros salía yo, desde luego, enriquecido, pero también fortalecido para enfrentar mi propia existencia, mis dudas, mis preguntas y mis ignorancias sobre casi todo. Cuando leí Los años de Orígenes, de Lorenzo García Vega, acaso el más cercano discípulo de Lezama, me conmovió grandemente la imagen que su autor tenía de su maestro, una imagen que subyace dentro de aquella gigantesca selva de objeciones, rencores, recriminaciones, infinidad de recuerdos felices o amargos. Es la imagen de un incomparable fabulador que nos abre el universo múltiple e inagotable y nos dice cuan hermoso es el fruto de la cultura más allá de los horrores de la devastación y la muerte que el hombre comete a diario contra sí mismo.

La obra de Lezama está también en sus conversaciones, en aquellos diálogos jugosos y sabios, en su viva pasión por la poesía, visible, más allá de sus textos impresos, en aquellas confesiones y afirmaciones dichas en la sala de su casa en la luz escasa de las tardas o las noches, acompañados de un te inolvidable. Le agradecemos tanto esplendor y esa lucidez siempre dinamizante, fructífera, extraordinaria, compañera que siempre estará con nosotros porque nos ha conducido hacia el descubrimiento de lo sagrado y de lo que está más allá de esta carne mortal que habrá de ser vestida de inmortalidad, como dijera el Apóstol San Pablo.


Lo nuestro en la extratemporalidad

Texto leído por Reynaldo González en la Casa Museo Lezama Lima en la clausura del evento “A partir de la poesía: la era Lezama”



Antón Arrufat y Pablo Armando Fernández escuchan a Reynaldo González


Como si nos reuniéramos junto a él para celebrarle un cumpleaños, como si el humo de su habano nos sobrevolara y surgiera el abrazo trémulo, así la evocación se instala en la casa de José Lezama Lima, entre paredes que parecen demasiado estrechas para haber albergado tanta grandeza. Juntos aprendemos que a esta casa se llega, que Trocadero 162 no es un cruce de caminos, y convertimos la ocasión en trabajo. Y es buena tradición reunirnos cada año gente de diferentes generaciones y latitudes, sin el ánimo de establecer santuario pero sí con el de hacer justicia y evocar, invocar, convocar la cubanía de uno de los nuestros que supo ejercerla con creadora constancia.

Alguna vez subrayé en Paradiso la concurrencia del vuelo poético y el ahondamiento en las costumbres, la mirada al entorno nutricio sin descuidar las aventuras intelectuales que al novelista le dictaba su desmesurada inquietud. Hoy quiero, como a saltos oblicuos que Lezama agradecería, indicar esa cubanía en su búsqueda burladora de apariencias. No pretendo agotar el tema ni siquiera indiciarlo, sino estimular a estudiosos más capaces.

Lezama cultivó un sentido de la cubanidad que huyó de lo aparencial explícito. Rastreó afanosamente en lo que escapa a la exaltación epidérmica del ritmo, el color y una propagandizada sensualidad que por momentos (y la historia de nuestra literatura lo evidencia) resultó más fatal que pródiga, pues constreñía la expresión y no siempre le aseguraba posibilidades comunicantes. Hombre de indagaciones tan tenaces como su sistema poético, vio donde otros no veían, intuyó, se aventuró en «lo cubano» a un tiempo que lo cuidó de definiciones apriorísticas. Según me explicó, para él era «un tema hecho en lo invisible», al que se acercaba con tacto supremo, como en su «Noche insular, jardines invisibles», y luego en «El arco invisible de Viñales».

En una entrevista que me concedió, dijo que «lo nuestro es lo ondulante, la brisa, una cierta indefinitud, una mezcla de lo telúrico con lo estelar, hecho en una forma muy meridional, muy cenital». Esas afirmaciones pueden parecer elusivas para quien no conozca la urdimbre del discurso lezamiano, pero él se encargó de concretar tantos cuidos y nebulosidades:

«Pudiéramos decir que la más firme tradición cubana es la tradición del porvenir. Es decir: pocos pueblos en la América se han decidido a entrar con tanta violencia y decisión, como un zumbido presagioso, en lo porvenirista. Pudiéramos decir que el cubano tiene sus catedrales y sus grandes mitos construidos en el porvenir. [...] Todos marchamos hacia una finalidad que la vemos todavía un poco lejana, que quizás todavía no la podamos alcanzar. Esa imprecisión es conveniente, nos enriquece. Esa falta de límites nos presta más entusiasmo en el acercamiento. Esa falta de contornos netos nos da una atmósfera mayor y más plena. [...] Yo prefiero ver lo cubano como posibilidad, como ensoñación, como fiebre porvenirista.»

De repente aquel que la miopía crítica tildó de «ahistórico» se erige abanderado de una dialéctica que expresa en términos incitadores. Pero no «de repente» sino de coherente. Claro que la entrevista sucedió en su etapa de madurez, pero asombra la coherencia de ese hombre colocado en su tiempo desde una incisiva tangencialidad, sumergido en los anaqueles de la patria, leyéndola con una particular capacidad de penetración y apresando sus momentos definitorios. Si muchas veces pareció «curarse en salud» para afrontar la resistencia epocal y la incomprensión que conoció como pocos, también desarrolló una visión que se fue complementando hasta alcanzar una posibilidad expansiva y peculiar en nuestro medio. Si del augural pero ya definitivo poema «Muerte de Narciso» surge un continuum que comunica con Fragmentos a su imán, y en el Lezama del «Coloquio con Juan Ramón Jiménez» reconocemos al de La cantidad hechizada, ambos subrayan la sorpresa siempre renovada de su perspicacia en la construcción de un corpus internamente lógico, frente a la ilógica tradicional, para alcanzar la plenitud –también él– en vislumbres porveniristas.

Quizás eso explique lo abundante de su bibliografía pasiva, el incesante acercamiento crítico y la atracción que ejerce en los más jóvenes poetas y narradores. Lo cierto es que quienes lo leemos con insistencia, vemos esa coherencia en espiral cognoscitiva.

En el arremolinado panorama cultural caribeño de los años treinta, cuando el «Coloquio con Juan Ramón Jiménez», Lezama se revolvía contra lo mestizo propuesto como ucase por cierta vanguardia. Lo observaba como limitante impuesta a una proyección mayor de lo insular. «La tesis de la sensibilidad insular, aparentemente orgullosa, tiene tanto de juego como de mito [dijo a Juan Ramón]. No desearía ser el reverso en la búsqueda de una expresión mestiza, pues lo que [ésta] intenta articular es menos que un mito.»1

Consideraba que una sobrevaloración de lo mestizo impediría «soluciones universalistas». Temía que la tesis de una expresión de esa índole, por entonces ya emplazada pero todavía mal teorizada, implicara la paradoja de una síntesis sanguínea apresurada.2 Le aterraba que la afirmación de una idea castrara la germinación de un ámbito de libertad creadora, el que merecía el nacido en tierras donde sucedieron los más prometedores encuentros culturales. Le interesaba la apertura del compás apreciativo y anotaba, no sin cierta sorna polémica, que: «Entre nosotros han existido mestizos que han intentado expresarse dentro de los cánones del parnasianismo, y gran parte de la poesía afrocubana, en cambio, es de poetas de raza blanca.»3

Todavía no advertía que precisamente allí radicaba el embrión del mestizaje llevado a términos culturales, algo que luego asumió con júbilo, si bien nunca llegó a valorar una creación poética de ese tipo como proposición unívoca o partícula fundamental para la indagación valorativa. Respondía a una polémica del momento para, con el paso del tiempo, conocer mejor una cultura donde confluían elementos que antes parecieron refractarios.

La belleza idiomática alcanzada luego en la fijación de cierta zona de la poesía negra, pero el hecho de que quien la llevara a su máxima expresión la elevara a rango de poesía social y deviniera buenamente el sepulturero de cuanto de pintoresquismo subyacía en algunas tendencias dentro de lo que agrupaban como «poesía negrista», le quitaban y daban, a un tiempo, cierta razón al entonces poco estructurado razonamiento lezamiano sobre esos temas. Poco a poco la investigación sin extremismos lastrantes de Fernando Ortiz y sus seguidores, más la propia sabiduría alimentada en observaciones y estudios, darían al juvenil Lezama una apreciación más compleja del asunto y su inserción en la instancia insular, como uno de los puntos de apoyo en muchos diversos, para ese porvenirismo que tanto alimentó sus páginas de madurez.

Comenzó descubriendo que «en la región donde el ceremonial se entrecruza con el misterio desde el punto de vista de la morfología, de las culturas, tienen la misma importancia la recepción de Horace Walpole en casa de madame Du Deffand que la hecha en la Villa San José para recibir a don José de Calazán Herrera, el Moro, gran babalawo abakuá».4 No era simple juego ni contradicción en el enfoque de lo que antes denominara «soluciones universalistas», sino todo un enriquecimiento de la óptica de quien, como pocos, supo aunar conocimientos disímiles en un solo cuerpo de poesía.

Descubrió una sabiduría que podía trascender el dato pueril y exteriorista, el color local. Asumió toda una cosmovisión y sus vasos comunicantes, para explayarla luego en una obra donde las apoyaturas contextuales no se ocultan y se integran buenamente sazonadas con especias diversas. Entretanto había conocido un refranero negro, de origen africano, trasladado a la Isla por los cautivos, y se le presentaba con «la imprescindible nobleza de aclarar el cuestionario que debe situarse en la introducción a nuestra cultura [pues] la sabiduría de los dioses debe espejear en la de los efímeros».5

Hallaba que los opuestos coincidían si en una parábola oriental palpitaba idéntico razonamiento que en una nuestra o, viceversa, si aquélla reflejaba «un espléndido sentido criollo».6 Años después, en su Antología de la poesía cubana,7 no recogió sólo creaciones del controvertido Bartolomé José Crespo (que firmaba «Creto Ganga») y su establecida utilización de temas y supuesta habla de negros, sino también anónimos cantos negros «porque aclaran, en su raíz puramente popular, zonas de nuestra sensibilidad [y siendo] una poesía ritual, mágica, a veces de simples exorcismos [...] va pasando a la gran síntesis etnográfica y sensible de nuestro país».8

Aquellos textos vinculados a la música y al ritmo en una interrelación tan estrecha «que sus contornos se borran», en su apreciación no perdían sino que ganaban virtudes y compartían la herencia de un ciclo de poesía cubana que se cerraba con la cimera presencia de José Martí. Tocado por la magia fundadora del mito, todo confluía a una profundísima visión de lo cubano enriquecido, no mermado. Lezama, sin entregarse a la embriaguez repetitiva, buscaba trascender lo acarreado en su magisterial afán metafórico, en vinculación con la imagen paridora de imágenes que situara como ápice y piedra angular de su sistema poético.

Si, por ejemplo, el refranero de los esclavos afirmaba: «Buey que no tiene rabo, Dios espanta sus moscas», pero él había leído en William Blake: «Dios nutre al león», se proponía «llevar la delicia de nuestro refranero a los monasterios de las más viejas sabidurías».9 Aceptaba el reto para resolverlo en la «aventura sigilosa» de su obra, una de las más audaces que se propusiera poeta alguno entre nosotros. (Está por estudiar el reflejo de todo eso en su ficción y en su poesía, algo que escapa a la tímida ambición de estos apuntes.)

Intencionalmente soslayo aquí las referencias a su monumental Paradiso, ya indicado como crónica de costumbres entre tantas cosas que es y significa, incluidas sus paródicas exageraciones sexuales, fórmula que pone en solfa el machismo predominante de nuestras culturas. También esa página insoslayable: «Sucesivas o Las coordenadas habaneras»,10 donde la Isla, sus vientos y el mosaico de sus hábitos adquieren un protagonismo subrayado por el poeta. (Ayer, en esta sala –y hoy, luego de estos humildes acercamientos– Alessandra Riccio y Cintio Vitier abordan lo martiano en Lezama Lima, que enmarca un nexo de voluntariedad, historicidad y poesía; por su parte, Abel Prieto tiene como centro de su estudio a «Sucesivas o Las coordenadas habaneras».)

Lezama indicó la criollez y sus avatares hacia la luz definiéndose en el revés de la muerte de José Martí, ya como referencia argumental y figura central de algunas páginas, o trascendidos en Paradiso al recrear sucedidos de la insurrección y de la emigración como basamento familiar a sus personajes. Reconocía antecedente y ejemplo éticos y literarios en Martí, a quien observó en su «fino henchimiento tropical [y] con elegancia estoica de habanero»; le siguió el rumbo hasta su caída en la campiña bienamada, cargando en la mochila, con similar delectación, «la brújula y la carta amorosa».11 Con Martí establecía el derrotero de la Isla, entorpecido, pero cierto, y hallaba la justa entrega continuadora. La muerte esperanzada de quien aunara voluntades y estableciera la trascendencia de la lucha independentista en el contexto americano, signado por la dependencia ya transnacional.

En la coherencia del discurso lezamiano, la poesía, la plástica y la música, junto al paisaje de la Isla, se integraban en una visión de lo cubano en el tiempo, una historicidad concentrada y mantenida desde la llegada del descubridor hasta el diseño de esas catedrales del futuro que son «la más firme tradición cubana». Como elementos componentes: el lenguaje, las aventuras del pensamiento y de la creatividad, lo enérgico y lo sutil, los nombres significativos, no poco anecdotario trascendido por la interpretación poética y esa indefinitud que sumaría la llamada «visión oblicua». Lo hecho y lo imaginado, aquellos torbellinos donde el cubano buscó respuestas y se lanzó, «como un zumbido presagioso, en lo porvenirista», intentando lo más difícil, que es lo más estimulante. 14

Para interpretar en poesía eso que suma historia e ilusión, afán y realidad, se precisaba una observación que no convirtiera en piedra lo tocado, que flexibilizara y abundara hasta resultar espermático y creador (y, con toda intención utilizo tópicos lezamianos que huyen de lo tópico). Precisamente, Lezama reelaboró con afán magnificador y trascendente, algunos temas abaratados por excesivas aproximaciones exterioristas, sin que se indique aquí el declive del trascendentalismo municipalista que tanto estrago ha causado en las letras americanas. Su trascendentalismo –y así lo calificó en alguna ocasión Roberto Fernández Retamar– es otro, el que coloca a la poesía como centro de la expresión poética, objetivo y summa, para ganar un terreno antes negado.

Al buscar significación en la pintura y en la poesía cubanas de finales del siglo xviii, Lezama expresaba esa ansiedad de infinito en que deseaba inscribirse. Así, mientras Heredia se le ofrecía como representación del romanticismo poético americano, observaba que nuestra pintura del período todavía no ganaba el paisaje, «enredada en mitologías desconchadas, en símbolos de cementerio, en torpes destrezas académicas». Y se quejaba: «Ningún paisaje de ese momento cubano ni siquiera puede remedar una mañana nuestra presentada por el Cucalambé, o el crepúsculo vespertino entrevisto por Zenea.»15 Y esto confirma que no estamos ante el exaltador que maquilla realizaciones pretéritas; sino ante el crítico asistido de información, que se rebela y devela una carencia. Y agrega algo que quiero subrayar:

«La mañana, la tarde están ya en la poesía en ese momento cubano, pero ni por asomo están en la pintura que se adelgaza como siempre que un virtuosismo europeo, no de americanos, intenta lanzarse sobre el paisaje donde la naturaleza no es todavía cultura, es decir, donde hay que invencionar el paisaje con nuevos sentidos fabulosos…»16

No es sólo la protesta por el injerto enrarecedor de una óptica que todavía no ha ganado el entorno y para la cual «la naturaleza no es todavía cultura», sino que nos convida a «invencionar el paisaje con nuevos sentidos fabulosos». Y no es sólo la observación al pasado, sino un índice sobre problemas de la creación que resultan permanentemente contemporáneos. Se trata de un afán de apropiación de la naturaleza hasta hacerla cultura, algo que sucederá cuando se conciten «nuevos sentidos fabulosos».

Habla de una trasmutación por la vía de lo poético –que no ve sólo en lo literario, como evidencian sus aproximaciones constantes y aleatorias a otras artes–, lo que no adultera sino que interpreta, valora, asume, eleva a cultura para que obtenga una trascendencia donde el artista y sus elementos resulten por igual trascendidos. Es la búsqueda de la sobrenaturaleza ‑término que le resultaba agraciado–, el perfeccionamiento. Y es el enfrentamiento a la óptica establecida, ese «cansancio clásico» de que nos habló en el pórtico de sus conferencias de La expresión americana, oponiéndole lo propio nuestro.

Es la imagen actuando en la historia. Se abre el compás y el hombre en su mundo –que es su mundo renovador frente a «mitos y cansancio clásicos»– crece desde ese ente espermático que es la imagen. El propio Lezama se explica:

«Es la forma en devenir en que un paisaje va hacia un sentido, una interpretación y una sencilla hermenéutica, para ir después hacia su reconstrucción, que es en definitiva lo que marca su eficacia o desuso, su fuerza ordenancista o su apagado eco, que es su visión histórica. [...] Visión histórica, que es ese contrapunto o tejido entregado por la imago, por la imagen participando en la historia.»17

La coherencia lezamiana le impide aspirar a esa magnificación sin partir de su entorno, su paisaje. Y sigue sus interpretaciones en el tiempo, que inciden como un rayo de luz en tinieblas y entreveros, con asociaciones que escapan a la mirada tradicionalista o «clásica», y que alcanza su expresión formal en un cuerpo verbal en constante germinación o movimiento. Origina una sucesión de imágenes, en contrapunto irreverente.

En cuanto a lo insular, una y otra vez retorna a Martí, el que atraído por la lejanía de la patria sintió que «tiene que operar sobre la tierra prometida, que le es negada y en la que únicamente puede encontrar los manantiales paradisíacos que lo colman».18 Una y otra vez retoma el heroísmo y lo cotidiano, ambos elementos vistos en su significación trascendente por poética, para asociarlos / contrapuntearlos en esos movimientos que la «visión oblicua» integra. Su sistema donde el hecho poético es suma de movimientos dispersos en un solo cuerpo de poesía, recurre a lo propio para darle una valoración capaz de fijarlo en la extratemporalidad. Lo cubano, esa «mezcla de lo telúrico con lo estelar», reafirmación y posibilidad, flechazo lanzado al porvenir, se traduce en una obra extraordinaria.


Notas
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1 José Lezama Lima. «Coloquio con Juan Ramón Jiménez», Analecta del reloj, Ed. Orígenes, La Habana, 1953, p. 53.

2 Ibídem, p. 53.

3 Ibídem.

4 José Lezama Lima. «El nombre de Lydia Cabrera», Tratados en La Habana, Universidad Central de Las Villas, Santa Clara, 1958, p. 145.

5 Ibídem.

6 Ibídem.

7 José Lezama Lima. Antología de la poesía cubana, 3T., Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1965.

8 Ídem. «Prólogo a una antología», La cantidad hechizada, ed. cit., p. 247.

9 Ídem. «El nombre de Lydia Cabrera», Tratados en La Habana, ed. cit., p. 147.

10 Ibídem, pp. 215-318.

11 José Lezama Lima. «Influencias en busca de Martí», Tratados en La Habana, ed. cit., pp. 120-121.

12 Ídem. «Mitos y cansancio clásico», La expresión americana, ed. cit., pp. 9-10.

13 Ídem. «Paralelos. La pintura y la poesía en Cuba (siglos xviii y xix)», La cantidad hechizada, ed. cit., p. 177.

14 lbídem.15 José Lezama Lima. «Mitos y cansancio clásico», La expresión americana, ed. cit., p. 9.

18 Ídem. «Influencias en busca de Martí (II)», Tratados en La Habana, ed. cit., p. 121.


José Lezama Lima visto por el caricaturista Juan David.


Sobre Ernesto Sierra ( Güines, 1968). Es escritor y profesor universitario. Graduado en Letras por la Universidad de La Habana y Diplomado en Estudios Amerindios por la Casa de América de Madrid. Artículos suyos aparecen en publicaciones periódicas cubanas y extranjeras. Ha dictado cursos y conferencias en Latinoamérica, Europa y los Estados Unidos. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, de la Unión de Periodistas de Cuba y de la Asociación Internacional de Hispanistas.




2 comentarios:

  1. Ernesto Sierra desde Facebook17 de noviembre de 2010, 6:42

    Excelente. Muy elegante todo. Te agradezco el puente. Estoy intentando bajar el videito. Un abrazo

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  2. Despues que pisotearon, maltrataron, escupieron, negaron su obra y al poeta ignoraron, ahora Cuba quiere hacer un monumento a al gran poeta.
    Que verguenza que traten de jugar con la inteligencia de los que lo conocimos.

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