Cynthia González
Cierto es que estas fechas son propensas a la cursilería, a la banalidad y a la vanidad vulgar del exceso, a la idiotez del consumo, a la anorexia del intercambio sin mayor sentido, a la exageración del afecto, a la falsedad de las poses estudiadas, a la demostración hipócrita de un cariño que nunca antes ha sido tal, a la búsqueda ansiosa de un modelo de convivencia pacífica donde no ha habido sino discordia, anarquía, manifestaciones empobrecidas y colérica del odio que quema y que mata. Sin embargo, al margen de estas falacias y de estos comportamientos estereotipados, presas todos del protocolo social que dicta la norma por sobre la evidencia, de la anemia cancerígena en la conducta propia, al margen –insisto- de todo esto, cierto es que estas fechas pueden promover un instante de reflexión, aunque sea tan sólo un ímpetu peregrino en medio de la epifanía de luces y de la ceguera general, para pensar un poco en aquellas cosas que valen la pena, en aquellas cosas por la que todo es posible y que al mismo tiempo todo lo hacen posible. Las madres, por ejemplo, son una de ellas o son, en efecto y con arrogancia extrema, la razón mayor de todas. Porque son ellas las que conceden el don de la vida, arropada por un amor inconmensurable, capaz de vencer cualquier tipo de batalla, sin importar demasiado el campo en el que esta se libre. Un amor que hace declinar las más altas murallas, la más cruel distancia, la recurrencia tortuosa de toda pesadilla escudada en la cobardía del insomnio.
Hace días que me rondaba la idea de escribir un texto sobre la figura de la madre, su trascendencia, su valor, su integridad, su grandeza, la fuerza irrepetible e inquebrantable de su amor. Casi por error, en un ejercicio de contracción/reducción y del vicio ego-centrista que nos hace mirarnos a nosotros mismos de un modo escandaloso, centro la base de mi texto en la madre cubana, presumiéndola como una tipología o modelo único con una singularidad que le distingue del resto de las madres del mundo. Sin embargo, la visita esta tarde a los cines Ideal me hizo corregir este error concebido entonces por mí como una perspectiva otra, el que sin dudas, hubiera sido un desliz, o más que nada una deslealtad, una auténtica traición a la grandeza de todas las madres del mundo, a lo volcánico de su amor y a la dureza del escudo protector de su cariño. Todas las madres merecen un homenaje, y no habrá escritura ni gesto especulativo e intelectual que pueda satisfacer tal menester.
Hoy he visto El INTERCAMBIO, la última película del actor y director Clint Eastwood, con un reparto de actores de primer nivel: Angelina Jolie, John Malkovich, Amy Ryan, Michael Kelly, Jeffrey Donovan y Colm Feore. Su narrativa, no me importa si mejor o peor, si con fallos o con sobradas virtudes, si con una destreza fuera de serie a la hora de narrar o una miopía lacrimógena de quinta categoría, es la historia desesperada y escalofriante (también desde todo punto de vista ejemplarizante) de una madre que lucha por hallar a su hijo luego de una angustiosa y sorda desaparición, ignorando lo que ya era un agigantado alegato de defunción a toda voz. La fuerza de esta madre, su integridad, su entereza, la vehemencia de su visceralidad de espaldas a todos los modelos de la razón al uso, su amor desbordado por aquello que ella sólo concibe y admite como la parte más importante de su vida porque sencillamente es su vida misma, resultan un ejemplo mayúsculo de humanidad y de amor, que difícilmente tenga otra traducción posible, acaso presumible, en el universo de los afectos, sino es en el (con)trato idealizado y de naturaleza trascendente que se sella -ya desde el nacimiento mismo- entre una madre y un hijo.
Una vez que se sabe del dolor que causa la pérdida de un hijo, su más dura ausencia, una vez que se sabe, o apenas se tiene una vaga noticia de ese amor descomunal que ni siquiera llegamos a comprender del todo aquellos que no podremos nunca experimentar ese sentimiento en primera persona y tan solo tendremos idea del mismo de modo casi caricaturesco, es entonces cuando toda veneración y respecto resultan poco. Ese refrán que reza: “Madre no hay más que una en el mundo” es de una claridad y una solvencia meridianas. Los refrenas, quién lo pone en duda, terminan por sustentan verdades lapidarias que se acoplan sobre el discurso de la cultura y de la experiencia. Cualquier figura de entra la performance del afecto podrá ser sustituida, cualquier actor podrá asumir otro reparto, estar sujeto al cambio de última hora, sin embargo, quién osaría reemplazar el papel de una madre, quién en su sano juicio escamotearía la grandeza de su protagonismo en nuestras vidas. Nadie, nadie, al menos nadie que goce de un mínimo de dignidad y de decencia o un máximo de integridad y de decoro. Dónde está ese loco, pobre diablo de la vida, que en su desvarío niega a la madre porque el mismo es negación absoluta.
Jorge Mata
Siempre pensamos en el amor o en el dolor, sus devaneos y sus heridas, sus cúspides y sus declinaciones arrabaleras, desde nuestro punto de vista, desde el lugar de la enunciación, desde el perímetro cerrado y personal de quien habla y experimenta tales manifestaciones del afecto o del desafecto. Algo que, sin lugar a dudas, recorta la dimensión y el alcance de toda perspectiva al constreñir la mirada a la legitimidad de un solo ángulo o de un solo prisma. Por esta razón queridos amigos, permitirme dar un giro y hablar entonces de una experiencia personal (pero desde el ángulo contrario) que no pretende en modo alguno ser paradigma de nada ni redundar en modelo de algo. Sería una estupidez supina la mía, una vanidad torcida y chata, escuálida en su propia pretensión de generalidad. Quiero hablar de las madres cubanas, por una razón que ustedes sabrán entender y que, por tanto, me podrán perdonar. Quiero hablar de esas madres de raza (lo son todas, qué duda cabe), potentes, tremendas, que a diario se inventan alternativas y maniobras muchas para vivir con el dolor de la ausencia, escorado por una distancia que desde la cerrazón de la isla ellas no pueden vencer, a no ser con el rezo y la petición interior más o menos elevada. Las madres cubanas tienen una mirada fija, su diana es el horizonte inasible, esa línea difícil de poseer desde la cercanía, esa línea escalofriantemente abstracta detrás de la cual se articula la vida de todos los hijos a los que un día hubo que decirles: “adiós hijo mío y cuídate mucho”. En sus miradas está escrita la más hermosa de las plegarias. Ninguna poesía se le puede igualar, porque si el lenguaje poético surge del amor, el amor fue antes en los ojos de una madre que cuida y vigilia, que protege y lucha con uñas y dientes. Ellas miran y piden al cielo clemencia, piden salud y amor para sus hijos que están lejos. Transitan por todo tipo de panteón, por todo tipo de práctica cultural y religiosa (interiorizada o no, compartida o no) con el ánimo de procurar protección y calor a esos hijos, allí donde quiera que estén. No importa la dirección ideológica del credo, su ascendencia cultural, nada de eso importa.
Sus vidas, pudiera resultar tremendista lo que digo, pero por favor creerme, sé muy bien de lo que hablo, se reduce a un pensamiento fijo, obsesivo por su naturaleza misma: ver al hijo pródigo en el regreso, restituido entonces de su pasado, fuerte y feliz en su nueva vida. Esa es entonces la mayor de sus metas. Una prueba más, qué otra cosa sino, de amor: vivir sus vidas, no desde la experiencia propia o prestando menos atención a la misma, sino a través de las experiencias de sus hijos. Ciertas situaciones de la vida, obligan a reducir las ambiciones y los sueños a las cosas (o los ámbitos) más elementales, pero son esas cosas que tenidas por elementales a veces también hacen la vida más grande, la devuelven entonces como regalo, como tributo por el sentimiento bien vivido. Mi madre sueña conmigo, sueña siempre; yo también con ella. Nos soñamos mutuamente. Nuestras vidas se conectan por un amor que excede la distancia, pero sin poder eliminar la misma que a la larga es la que hace el dolor y la añoranza, la que alimenta la nostalgia permanente. Maldita distancia, mil veces maldita.
He pensado tantas veces en mí, en lo mucho que me ha dolido dejar un mundo atrás en el que me sentía siempre protegido, seguro, arropado por su presencia, que ahora siento vergüenza de ese egocentrismo, de esa complacencia (y autocompasión) en mi dolor mismo. Es tan fácil pensar el mundo desde uno, desmontar sus accidentes desde nuestra posición, que a ratos resulta escandaloso el modo en el que somos incapaces de advertir la posición del otro, presumir su drama, conocer su relato. Muchos artistas cubanos, por ejemplo, han trabajado el tema del viaje. Lógico tratándose de una isla que es balsa ella misma y de la que casi todos quieren salir (huir). No importa mucho, quizás no demasiado, si para regresar luego o no de la experiencia de la ida, lo que importa, lo que más importa acaso, es que todos quieren salir, porque sencillamente la libertad es una necesidad consustancial a la vida misma, es uno de sus más caros anhelos, una de sus más altas metas y de sus más encumbrados sueños. Se nos enseñó a pensar en la libertad y sus horizontes y luego –de súbito- se nos privó de su ejercicio democrático, se nos doblegó la moral, se nos amansó el coraje. Sin libertad, sin la posibilidad de la elección, algo tan básico y hasta vasto, la vida se hace presa del dictado autoritario de una norma que marca el curso de su comportamiento, en definitiva el aterrizaje para su destino.
Cynthia González
Estos artistas, han abordado siempre el tema del viaje desde la experiencia del que se marcha, del que protagoniza la travesía hacia muchos mundos posibles. Esta ha sido, casi por generalidad, la perspectiva, el enfoque más sostenido; sin embargo, en esa historia no escrita del viaje, existe otro protagonista al que muchas veces se le concede un interés menor. En este caso, ese gran protagonista son las madres cubanas que en la puerta de casa o las asépticas pasarelas del Aeropuerto José Martí (en
He sabido que mi madre no usa algunas de las prendas que le he enviado o que conserva intacto un sobre tal cual llegó, porque –según ella dice- huele a mí. Suficiente para que le conceda un valor casi de relicario a un sobre de carta, que puede que sea la cosa más ordinaria del mundo, visto desde aquí con absoluta frialdad. Pero es así, alimentar el recuerdo, abonar su tronco, es tanto o más importante que la evidencia misma. Hace ya un tiempo alguien me comentaba que su madre le dijo: “por favor, ven pronto, a veces me da miedo porque descubro que por un instante no puedo recordar tu cara”. Este comentario fue una bofetada para mí. No podía recibirlo de otro modo. Me hizo desplazar la atención de mi pensamiento obsesivo sobre mi estado y mi posición, hacia el lugar de ella. Cuánta razón tenía la madre de esta persona. Al cabo de un tiempo, muy poco por cierto, recibí un correo de mi madre en el que me suplicaba que hablase con mi hermano para que éste le llamase a Cuba más a menudo. Entonces dijo algo que me desarmó: “Andrés, dile a tu hermano que me llame por favor, a veces no me acuerdo del timbre de su voz y eso me da pánico”. Ante una frase así, ante un reclamo de este tipo, no hay dureza que se mantenga firme, ni hierro que resista a los ademanes del fuego. El llanto de una madre, tal y como dice mi amigo Alfredo, llega al cielo. No hay peor tristeza que la que puede suponer una lágrima suya, un deseo suyo insatisfecho, una ansiedad demoledora que le robe la alegría y le coacta la felicidad.
Hoy, hace 6 años y 9 meses que me marché de Cuba. En este tiempo, se dice tan fácil y rápido pero cuesta tanto si quiera pensarlo, he visto a mi madre tan solo 20 días en el mes de abril del año 2005. Acabo de escribir la oración y me tiembla el pulso, se asoma la lágrima, la respiración se acelera un poco. Es increíble como en una oración, en una simple sintaxis se puede contraer en pocas palabras, banales si se quiere, la densidad y expansión de un tiempo que a mí se me ha hecho eterno, pero que a ella le supera cada día. Nunca puede imaginar que sería capaz de soportar algo así, sin embrago la vida se ha ocupado de enseñarme esta lección, de amaestrarme, de prepararme para esta nueva entrega de papel en la que el acto dramático demanda una fuerza tremenda y una templanza casi profiláctica en aras de la buena salud mental. Pero insisto ahora, que vuelvo a pensar en mí ya casi por vicio, que el dolor mayor no reside de este lado de la historia, sino de la otra parte que solo espera e ignora, por la ignorancia misma de la isla, su ubicación y cerrazón al mundo, lo que se vive más allá de su horizonte perceptible.
Jorge Mata
Las madres cubanas padecen de ansiedad y cómo no padecerla si sus vidas transcurren en la rutina de la espera, del pensar en el hijo que no está, en construirse utopías efímeras que tan solo con una llamada en la que se aplaza un viaje de ida, se derrumban al instante. A quien habrá que pedir respuestas por este llanto, a quién habrá que acusar por tanta impunidad, a quién habría que señalar con el dedo acusador y hacerle culpable de tanta desmesura, de tanta desvergüenza, de tanta humillación. Creo que ahora mismo poco importa. Lo que más importa es mandar un beso enorme a todas esas madres cubanas, y no cubanas, a todas las madres del mundo que hoy, a solo unas horas de celebrar la navidad, se descubren sentadas en su butaca pensando en el hijo que, por esta vez, una vez más, tampoco llegará a casa. A ellas, a la mía, a todas, un beso cargado del más grande de los cariños.. Una barca rebosada de mimos, de cantos dulces que dejen atrás la ansiedad y la tristeza. Felices han de ser quienes sin pedir a cambio nada, nos regalaron la vida.
Casi siempre, a modo de súplica, las cartas de mi madre comienzan así: “Querido hijo, mi mayor felicidad y alegría es saber que tu hermano y tú están bien”. Por supuesto que mi felicidad mayor y mi alegría más profunda es saberla a ella feliz. Pero aquí se diseña esa paradoja de la vida, esa ambigüedad que roza con la mentira complaciente. Desde ambas orillas, los dos nos dedicamos soberbias mentiras, engaños sanos que buscan tan solo, sino la plena felicidad del otro, sabemos que esto ya no es posible, al menos el deseo de saberles tranquilas. Mi madre siempre me dice que está estupenda ¡mentira!!! Yo le digo lo mismo, ¡mentira también! Pero en ese autoengaño ambos sabemos que una parte importante de esa felicidad quedó truncada el día que nos dijimos adiós.
A todas ellas, muchas Felicidades y mucho amor en estos tiempos que corren...
Un beso
Andrés
Desde Tuyomasyo queremos agradecer a la








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